Entre los boy toys, el viejazo y las oldie dolls

Entre los boy toys, el viejazo y las oldie dolls

El auge de las redes sociales resulta tan fuerte que muchas personas no conciben su vida real sin comentar sus dichas y desdichas en su cuenta de Twitter o Facebook. Desde las recomendaciones de restaurantes, frases picaras, sueños y fantasías, todo vale para exponer la “vida real”.  En este intercambio, las mujeres parecen dominar la escena.

(*) Columna del mes de agosto que se publicó en mi columna El ángel viste de Prada de Bernik Magazine

Observando este llamado mundo 2.0, descubrí un fenómeno femenino tan notorio como el “viejazo” masculino. Defino viejazo como esta predilección de los hombres  de cuarenta o cincuenta años de conquistar chicas de veintitantos años. Cualquiera que critique a los practicantes del viejazo suelen ser juzgados como envidiosos porque al final de cuentas, “el amor no tiene edad”. Si el fenómeno es al revés, no hay justificación que valga. En una sociedad machista como la montevideana, una mujer mayor que desea a un hombre menor, suele definirse como una aficionada a los “boy toys”(chicos de juguete). La mirada en Barcelona no es muy diferente. También hay una mayoría de catalanes que consideran que es importante compartir una similar generación para construir algo sólido. Aunque conozco muchas parejas donde la mujer nació varios años antes. Por tanto, el nivel de tolerancia para las relaciones con una diferencia cronológica suele ser más habitual en Barcelona que en Montevideo.

Trascendiendo ciudades, Madonna batió todos los records como embajadora de las amantes de los “boy toys” cuando recién separada de Guy Ritchie salió con el modelo brasileño Jesús Luz, veintisiete años menor. Mientras algunas admiran el desparpajo de la cantante, otras envidian a Demi Moore, que logró que su “boy toy”, el actor Ashton Kutcher, quince años menor, se transforme en marido. Las dos divas están estupendas, lucen piernas tonificadas, visten de Armani, Gucci, Dolce& Gabbana en diferentes eventos. Claro que cuando las descubren en pleno entrenamiento, ninguna disimula el sudor y el sacrificio que supone esa obsesión de tener un físico diez y alimentarse herbívoramente.

Muchas de mis amigas treintañeras y cuarentonas ni se plantean internarse en el gimnasio ni en el quirófano para detener el tiempo. Quizá porque ninguna aspira a salir con un galán menor y esperan que llegue el príncipe de su generación que las rescate del desamor. Algunas tuvieron sus romances con veinteañeros y descubrieron que tienen mayor energía sexual que un mayorcito pero este último suele tener más “sabiduría amatoria”.  Mientras esperan que llegue el sabio, algunas me confesaron que sólo temen sufrir el síndrome al que defino como “oldie dolls”.  Se trata de esas señoras de cuarenta, cincuenta o sesenta años, que exponen su bien conservada madurez en producciones fotográficas que publican en  Facebook  o en su blog. De esta manera, con frases al estilo “hoy desayuno solita en mi terraza”, vemos a una mujer entrada en años, con su pelo impecable de peluquería, luciendo un camisón de seda, que puede ser negro o beige. Ya de paso, nos muestra su escote prominente, erguido gracias a la maestría de su cirujano plástico o más bien, gracias a la tecnología de su corpiño Wonderbra. Además sonríe detrás de su hoja de periódico y no se olvida de mostrar las piernas. Otras sólo van cambiando su foto de perfil en poses tan sexys como las de Graciela Alfano en su época de portada de “Siete días”.

Mujeres maduras y sus boy toys

Podríamos decir entonces que el fenómeno “oldie dolls” para las mujeres sería como el “viejazo” para los hombres. Pero como ellos siguen siendo los más prácticos del mundo, ni siquiera cuelgan fotos ni se muestran en caballos en el desierto al estilo Lawrence Arabia. Los varones siguen cazando a su presa desde los lugares más tradicionales: oficinas, bancos, bares, discotecas y hasta las casas de sus amigos, donde conocen al pimpollo de la nena, que creció y “mírala, no es mi hija, podría ser pero no lo es”, dicen con una simplicidad, digna de emular. En cambio, la mujer madura usa estrategias propias de una modelo de catálogo de lencería. Demuestran que no sólo existe Demi y Madonna, ellas también pueden ser tan seductoras y posar tan bien como esas celebridades y ya de paso cazar a su presa, sea joven o madurito.

Sinceramente, creo que el temor de mis amigas de caer en este fenómeno es otra traba más de las generalizaciones femeninas. Deberíamos ahorrarnos trabajo de producciones fotográficas, evitar ser encontradas por nuestro exterior y atrevernos a encontrar a nuestro hombre en cualquier sitio, como lo hacen ellos. Así sabremos que él no se acercó porque comprobó nuestra fotogenia sino simplemente porque quedó prendado de  nuestra presencia de carne y hueso.



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