El coaching: entre las fórmulas mágicas y la concreción posible del sueño

El coaching: entre las fórmulas mágicas y la concreción posible del sueño

Constantemente, muchos de mis amigos, alumnos y clientes me preguntan las claves para estar feliz la mayor parte del tiempo. Algunos creen que soy feliz porque me he formado como psicóloga, coach y trabajo en desarrollo personal. Lamentablemente eso no es garantía de nada. Una persona no logra ser un buen profesional de las ciencias humanas porque ha estudiado psicología y tenga varios Másters y posgrados en diversas disciplinas relacionadas al desarrollo personal.  Sin duda, desde la psicología y el coaching se tiene acceso a muchas herramientas internas que allanan el camino para conocernos y mejorar nuestra posición en el mundo. Pero hasta que la Facultad de psicología o las escuelas de coaching de todo el mundo  no realicen un examen de ingreso para evaluar el grado de autocontrol, valores y cordura de los aspirantes a ser psicólogos o coaches, ingresar y terminar la carrera de psicología o obtener acreditación como coach no es garantía de paz interior ni de empatía universal ni siquiera de ser un buen profesional.  Al menos en mi país, Uruguay, se obliga a tener años de terapia si uno se quiere dedicar a la psicología clínica pero no es un requisito en España. Hay reglas de sentido común como la confidencialidad, la  necesidad de neutralidad y de ausencia de prejuicios que deben cultivar tanto coaches como psicólogos pero según me comentan algunos clientes, esto parece que se reduce a una teoría a la hora de ejercitar la profesión.

Con esto, estoy queriendo decir que si ayudamos al cliente a fomentar su juego interno, a agudizar su intuición, esta última tendrá que ser muy efectiva cuando deba elegir un psicólogo o coach para trabajar su vida.

Sinceramente, encontrar un buen psicólogo y coach es una gran odisea en el mundo de hoy. Resulta curioso que para estudiar psicología o coaching, no se exija un examen de ingreso para comprobar nivel de salud mental y de inteligencia emocional del interesado. Tan sólo se pide la seguridad que el alumno pueda pagar el dinero del curso en cuestión. Menciono esto porque siguen surgiendo una gran cantidad de coaches que utilizan el coaching como una herramienta para vender humo y soluciones mágicas, totalmente contrarias a lo que considero que es el buen ejercicio de la profesión. Como coaches, podemos callarnos la boca y permitir que proliferen estos “profesionales” que desvirtúan los principios del coaching o marcar nuestra diferencia. Y yo me decido a marcar diferencia. Desde mi manera de distinguirme entre los que fingen ser genios de la botellita y el resto, soy muy selectiva en relación a los coaches con los que mantengo contacto por las redes sociales, por ejemplo. De esta manera, sólo agrego como amigos en Facebook o Twitter a aquellos que considero que promueven el cambio o la mejora desde una postura humilde, poderosa y realista.

Podría callarme la boca ahora mismo y no escribir nada sobre esto. Porque finalmente, me vinculo con los coaches que quiero, creo alianzas con ellos, tengo mis clientes pero creo que la autenticidad es una clave en el buen coaching. Sin la intención de sonar arrogante y grandilocuente, el coach asume un compromiso con el cliente. Asumimos ser un guía, un recipiente vacío que el cliente llenará y un espejo para que refleja sus potencialidades y debilidades. Si cultivamos el altruismo con el cliente, no es coherente que esa actitud profesional no la llevemos a otros terrenos y al resto de las personas. Si sólo cuidáramos a los clientes que nos pagan y no nos preocupáramos por cultivar mejoras más allá de las sesiones o la consulta,  surgiría una carencia desde nuestro rol como psicólogos o coaches.

Por eso, asumo el compromiso de decir el coaching que a mí me gusta. Como coach, soy reacia a los que usan el coaching para vender recetas de la felicidad. No creo en eso. Creo en el coaching como una metodología de cambio, de mejora personal y un autoconocimiento que nos hará más sabios, más efectivos y más productivos con las metas que queremos alcanzar. Creo en el coaching como un camino para descubrir los valores explícitos e implícitos del cliente y también como un camino para desterrar las creencias limitantes. Creo en el coaching como un contrato entre dos aliados temporales. Pero no creo en el coaching como un dogma que nos amplía la mirada tanto que nos desenfoca de lo realmente importante y nos hace creer que somos omnipotentes o semidioses. Somos poderosos, creativos, bondadosos, pacientes, generosos, pacíficos y tenemos un enorme horizonte de posibilidades que visionamos siempre y cuando no nos dejemos cegar por algunos soles y sepamos que tendremos altos y bajos en esa cumbre que es la vida.  Estas son algunas de las cosas en las que creo pero parafraseando al gran Groucho con respecto a lo que decía sobre sus principios, tengo otras creencias que voy adaptando según las circunstancias. Para todo las demás cosas que no creo, siempre está  John Lennon para resumirlas de una forma más eficaz.



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