A propósito de San Valentín: el auge de las crisis matrimoniales

A propósito de San Valentín: el auge de las crisis matrimoniales

“A veces todavía tengo nostalgia de una boda en la iglesia. Me hubiera gustado desfilar por un pasillo rojo del brazo de mi padre hasta el altar, con el órgano tocando la marcha nupcial y todos mirándome.
Yo me hubiera casado en Catedral para que el pasillo fuera aún más largo. Pero no me casé. Andrés me convenció de que todo eso eran puras pendejadas y de que él no podía arruinar su carrera política. Había participado en la guerra anticristera de Jiménez, le debía lealtad al Jefe máximo, ni de chiste se iba a casar por Iglesia. Por lo civil sí, la ley civil había que respetarla aunque lo mejor, decía, hubiera sido un rito de casamiento militar”

Ángeles Mastretta. “Arráncame la vida” (Buenos Aires: Planeta, 1986)pp.12-13
Puede que esa fantasía de Catalina, la protagonista de la novela de Ángeles Mastretta, suene muy edulcorada en esta época de comida chatarra y de ropa de usar y tirar. Pero refleja posiblemente el deseo latente de muchas mujeres exitosas e independientes. Lo cierto que antes de planear una boda, se requieren conversaciones y prácticas, no del todo organizadas, que poco a poco van creando un lenguaje común.

Desde un abordaje sistémico, cada miembro de un sistema, sea pareja, familia o empresa, reacciona a la acción del otro y viceversa. También en temas de amor reaccionamos a diversas presiones sociales, culturales y psicológicas. En el caso de Catalina, el fin de su matrimonio puede responder al afán de continuar el apellido Ascencio o meramente la unión con una mujer que le asegure la organización de su hogar. Aunque también puede ser el amor lo que los una. En realidad, el parentesco y el matrimonio tratan de los hechos básicos de la vida: el nacimiento, la cópula y la muerte. La cópula conduce a la relación entre parejas, fundamento del matrimonio y la paternidad. Los nacimientos producen niños y el perdurable lazo madre-niño. La muerte aporta un vacío al grupo social y exige siempre un reemplazo.

De hecho, la historia del género humano ha comenzado por la institución de matrimonio con la virtud de la fidelidad y el hombre, desde los primeros momentos, ha tratado de cumplir con unas pautas morales, que plantean el respeto de la propiedad individual, la castidad femenina y la virilidad masculina como emblema del engendramiento de hijos.

De todos modos, en la actualidad, tanto en la sociedad europea como en la americana, el matrimonio tiene sus alternativas. Las parejas de hecho son más habituales en los países europeos pero también en muchos países de América Latina. En tiempos hipermodernos, la castidad femenina ha dejado de ser un valor para la sensibilidad masculina. La mayoría de las jóvenes no se casan vírgenes como en la década del cincuenta. Los años sesenta, setena y los ochenta han traído una gran liberalización sexual. En los noventa y en el año dos mil, el tema de la castidad y sus prejuicios parece superado, exceptuando algunos grupos religiosos o sectores minoritarios, que aún la ven como un valor.

Las primeras épocas del matrimonio apuntaban a una pareja constituida por un hombre que ejercía su autoridad y una mujer que tenía más deberes que derechos. Afortunadamente, en el siglo XXI eso ha cambiado. En esta progresión, las mujeres y los hombres han ido negociando reglas explícitas e implícitas de aquello que consideran que debe ser una relación. Una regla de pareja explícita puede ser, por ejemplo, que a determinada hora, los dos se encuentren para cenar juntos. Las reglas implícitas suelen estar debajo del nivel consciente. Posiblemente esas reglas estén profundamente enterradas en la historia de la pareja y en el inconsciente de sus miembros, y esto es lo que provoca cierta dificultad para describirlas o discutirlas. Tras el matrimonio, llega la familia que no existe si no hay unión entre sus miembros. Esto no implica que no haya conflicto pero todos los miembros comparten una misma unidad de residencia. Tal como establece Rudi Dallos, las familias existen en entornos que se modifican constantemente, que exigen de ellas las capacidades de realizar continuos cambios. Una familia es una entidad orgánica que, al mismo tiempo que mantiene una forma de identidad y estructura, está permanentemente cambiando y evolucionando.

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De la misma manera, una familia comandada por una pareja, formada por un padre y una madre, implica una organización compleja. No tanto por los hijos que esa pareja decida tener sino por el sistema de creencias que cada uno trae. Cada progenitor trae una combinación de actitudes, supuestos básicos, expectativas, prejuicios, convicciones y toda esa combinación la aportan a la familia nuclear. Las creencias individuales se entrelazan para formar las premisas rectoras que gobiernan la familia. A su vez, la familia no existe fuera de un contexto social. En forma parcial, la cultura determina la estructura de la familia y no lo hace en forma total porque construye sus propios significados. Así como la circulación cerebral tiene un mecanismo de autorregulación propio, la totalidad del sistema pareja se va ir regulando a sí mismo. A su vez, las partes de esa pareja, con el paso del tiempo, van a ir cambiando y eso mantiene de alguna manera el equilibrio del sistema, porque cada uno va asumiendo los roles que se necesitan según sean las circunstancias externas.

Todo esto significa que una conducta que aqueje a algún miembro de una pareja no puede ser concebida separada de la posible de conducta del otro. De hecho, la pareja resulta ser una de las fuentes de influencias más importante, aún en tiempos individualistas e hipermodernos. Las personas pueden influirse mutuamente y lo hacen todo el tiempo. En realidad, algunas personas se especializan en influir sobre otras, más allá de ser líderes de opinión o políticos reconocidos. Por alguna razón, en las últimas décadas, podría decirse que el arte de influir está puesto en cuestionamiento. Los líderes ya no son indiscutibles sino más bien se les discute todo. Así sucede también en un contexto más acotado. Los hijos se rebelan a las palabras de sus padres. La esposa ya no escucha al marido sin chistar. Y el hombre no cree que su carrera será su último fin en la vida. En estos tiempos de cuestionamiento, la palabra crisis aflora como la gran protagonista. Crisis de la familia, crisis de la escuela, crisis de las instituciones, crisis de la familia. En 2006 se produjeron 141.817 divorcios en España, un 51% más que en 2005. En cinco años, las rupturas han aumentado un 277%, según datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y de Eurostat.
¿Podríamos aventurarnos que es el fin de una era donde las instituciones como la pareja y la familia imponían su ley tras la figura del padre y la madre?

Con el crecimiento de los hogares unipersonales, donde la jefatura de la familia la asume uno de los progenitores, con el aumento de la reproducción asistida y con el inevitable apogeo del divorcio, también la noción de familia está cambiando. Tenemos mucho para hacer aún en este tema de encontrarnos hombres y mujeres y entendernos en nuestras similitudes y diferencias. Aprovechemos los días que nos quedan, que cada día de vida es una gran   oportunidad para el cambio y la mejora.

Los dejo con una entrevista que me hicieron hace unos años Sara Perrone, Leo Lorenzo y Adriana Da Silva cuando hacían “Buen día Uruguay” a propósito de San Valentín:



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