La constancia del cambio

La constancia del cambio

Dado el ritmo de vida que tenemos actualmente, debemos adaptarnos a nuevas situaciones pero nos cuesta porque los seres humanos tendemos a ser rutinarios. Nos gusta la estabilidad y el equilibrio. Tener un trabajo fijo, una pareja estable, unos amigos a los que recurrir, un hogar al que regresar. Sin embargo, las novedades siempre están a la vuelta de la esquina, desde atrevernos a escalar el Everest hasta la audacia de tener un hijo.  El cambio solemos asociarlo al crecimiento, la maduración, el paso inefable del tiempo. Con el auge del botox y las cirugías, muchas personas se empecinan en no cambiar y buscan el secreto de la eterna juventud.  Más allá de la reticencia a cambiar físicamente, el cambio interior es el que genera más miedos e incertidumbres.

En 2002 partí hacia Barcelona y ese viaje implicaba un cambio de país, de amigos, de trabajo, de ámbitos de relación. Durante mis diez años en la ciudad condal, cada día me enfrentaba al desafío de rehacerme cada día, de volver a empezar, de descubrir quién soy y qué podía hacer ante los obstáculos y las maravillosas cosas que me pasaban. Fue allí donde decidí cambiar y dejar a la periodista y psicóloga y agregar los estudios de coaching a mi vida.  Eso no sólo fue un cambio de paradigma en mi vida sino que vino acompañado de otros cambios: un cambio de trabajo fijo a volverme emprendedora, un espacio de coaching en la televisión, en el programa “Hola Barcelona“, varios espacios de radio y especialmente en el programa “Noches de radio” con Carles Lamelo, con quien tuve el gusto de volver a ser entrevistada en mi último viaje a Barcelona y me da gusto de compartir ese programa aquí, además de la publicación de un libro “Las mujeres y los hombres que no aman demasiado“, que fue muy revolucionario porque habló del desencuentro entre hombres y mujeres, y de ese tema terminaron hablando en toda España y hasta en América, conferencias y cursos en toda España y otros países sobre Liderazgo, Valores, Comunicación, Gestión del cambio y todo porque en algún momento decidí cambiarme de rol y de escenario. Pero lo más importante que mi cambio no fue meramente exterior, mi cambio se dio a nivel mental, de pensamiento, de ideas, de creencias y principalmente fue un cambio emocional, donde me permití  creer en mí aunque todo el mundo dijera lo contrario.

Y así me rebelé a las etiquetas y dejé de etiquetar a las personas, algo que ya me había enseñado la terapia sistémica pero que lamentablemente no lo evitan algunas corrientes psicológicas que sienten la necesidad de definir a las personas con una marca o etiqueta. Lo cierto es que cambiamos el cuerpo, llegan las primeras arrugas pero algunos seres se dan el lujo de ser  un poco niños, un poco adolescentes, un poco adultos, según la circunstancia y sin etiquetas que valgan. Seguramente muchos adultos se encontraron en algún momento jugando a las escondidas con sus hijos o inventando diálogos con las muñecas de sus hijas.  Algún profesor que trabaja con adolescentes, seguramente tuvo que cambiar su lenguaje ampuloso cuando debió dirigirse a un público adolescente y evocar la frescura de sus años jóvenes. Otros siguen empecinados en no abandonar sus rutinas por miedo a la incertidumbre que genera lo nuevo o por miedo a ser juzgados.

Cambiamos porque no hay más remedio porque estar estáticos, sin movimiento no siempre nos funciona bien. Cambiamos porque queremos llegar a algo, aunque sabemos que lo más interesante está en el camino, y no tanto en la meta. Porque capaz que si llegamos, nos creemos acabados o vencidos, mejor mantener esta constancia en cambiar y mantener únicamente estable nuestros valores, esos que nos identifican y que nos hacen tener claro quiénes somos. Gracias a los valores  pueden venir todos los huracanes o tsunamis emocionales y permanecemos  inalterables, sólidos, firmes y valientes.

Frecuentemente los nostálgicos cuando se reencuentran con sus  compañeros de escuela, le dicen frases al estilo, “estás igual que siempre” pero eso es una percepción no siempre adecuada con la realidad. Desde el momento que uno decide casarse, formar una familia, ir a la Universidad, hacer una carrera, luego  decide separarse, no trabajar de esa profesión sino en otra, ahí hay toda una serie de cambios. De nosotros depende verlos como aprendizajes y no como pérdidas. En realidad, hasta un despido puede ser un cambio positivo porque nos da lugar para trabajar en algo que nos guste si nuestro trabajo hasta ahora no nos estaba motivando.

El cambio nos enfrenta a definir quiénes somos y qué podemos hacer ante una situación nueva, ya sea positiva o negativa. Ante un cambio como puede ser un divorcio, una mudanza de país, una promoción en el trabajo, o un despido vamos reconociendo lo que podemos hacer en cada circunstancia.  Realmente nos aprendemos a conocer cuando asoman las dificultades, los obstáculos y no tenemos más remedio que cambiar. Creemos que nos conocemos pero en una situación imprevista, ahí aprendemos a saber más de nosotros mismos. El cambio nos facilita llegar a saber quiénes somos de verdad. Cuando sentimos que nos hundimos, emerge lo mejor de nosotros mismos.

Y creemos que nos cuesta el cambio, hasta que nos damos cuenta que tenemos el poder de decidir cambiar una cara triste por una alegre. Y así pasa que a veces estamos tristes pero somos alegres. Y no fingimos, sólo cambiamos para algo mejor. La rutina nos lleva a tener miedo de perder nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestros hijos pero una vez aprendemos, nos damos cuenta que eso nunca lo tuvimos. Ya nos tenemos a nosotros, que ya es bastante y el resto son cosas, circunstancias y seres que nos hacen la vida mejor, que nos valoran en nuestra estabilidad, en nuestras crisis y en nuestros cambios.

Y ahora los dejo con el programa de “Ruta feliz” sobre el cambio.



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