De la nostalgia a la independencia de ser

De la nostalgia a la independencia de ser

Hoy se celebra la noche de la nostalgia en Uruguay, día único, invento de las discotecas de la época de nuestros padres para celebrar previamente a la declaratoria de la independencia. Quizá, en vez de evocar épocas pasadas de gloria, deberíamos reflexionar sobre la última vez que fuimos independientes.  ¿Cuándo dejamos de depender de un pensamiento de un padre, de una opinión de una pareja, de un comentario de un hijo? ¿Cuándo nos atrevimos a ser libres? ¿Cuándo nos atrevimos a vestir lo que se nos antoja sin seguir modas ni tendencias? ¿Cuándo resolvimos ser sin ver tanto lo que nos falta o nos sobra?

La recomendación usual es que caminemos y miremos siempre adelante, pero nuestro pasado es siempre una referencia, sobre todo cuando hay cosas buenas para evocar.  Capaz que ahora mismo recuerdas a esa persona que se molestaba por tus ironías o bien te viene a la memoria esa persona que se reía de tu humor amargo. O capaz que evocas ese primer amor, que te cortejaba y te prometía bajarte la Luna porque ya no sabía que más ofrecerte en la Tierra. Más adelante comprendiste que te bastaba con que esa persona estuviera, más allá de sus visiones y de sus sueños. Te diste cuenta que la gracia estaba en disfrutar la Tierra nomás.

Armados de la nostalgia, nos defendemos para seguir caminando y construimos la esperanza porque si antes vivimos cosas de ciencia ficción o de novela rosa, seguramente las volvamos a vivir en el presente y en el futuro, porque basta querer para que todos los tiempos de la vida se amiguen y confluyan juntos.  Y entonces recordamos tantos hechos de nuestra vida que nos hicieron felices. El simple hecho de recordar, como lo dice la palabra, es volver a pasar por el corazón. Uno vuelve cada tanto a esos lugares donde “amó la vida”, parafraseando una vez más a la gran Chavela Vargas.

Algunos recordarán cuando el Sol les quemó, les llenó de luz. Al principio sus rayos eran buenos, luego les encegueció tanto que no les permitió discernir. Otros simplemente se insolaron y vieron crecer sus arrugas al mismo tiempo que se coloreaba su tez y hoy evocan el tiempo donde su piel era blanca y lozana. Alejados del Sol, decidieron adentrarse en las sombras, donde a veces es más fácil levantarse cuando se tropieza. Con buena sombra también, es más fácil lograr que nos entiendan porque claro el gran problema del mundo reside en la mala transmisión de la comunicación. Los miles de rayos de los diferentes seres iluminan a veces y queman en otras ocasiones. Los rayos no vienen solos, vienen con ecos de voces que dicen  y callan. Con la nostalgia nos damos cuenta que existen silencios ensordecedores.

Hay momentos, esos de emoción pura que aún recuerdo el final de antología de “Los cuatrocientos golpes“, la opera prima de François Truffaut, una película emocionante desde el principio al fin. En otros momentos, la nostalgia puede llegar si escucho “Disarm” de The Smashing Pumpkins, especialmente cuando Billy Corgan nos vuelve a conectar con la infancia diciendo frases al estilo “I used to be a little boy/so old in my shoes/and what i choose is my choice”.  Otras resuena en mis oídos “Lost cause” de Beck, donde el tiempo pasado amoroso adquiere una bella dimensión.

Otras veces recordamos nuestra primera conferencia, el día que nos recibimos,  el día de nuestro primer espacio en televisión, el día que nació nuestro primer hijo, el día que nos enamoramos. Todo eso que pasó es terreno fértil para la nostalgia. No sé qué tiene pero a veces nos gusta. Hay algo de atracción en la melancolía de otros tiempos. Ciertamente que no deja espacio para lo inesperado porque cierra el universo en el pasado y a la entrega a lo conocido, a lo que se recoge en la memoria y en nuestros miles de pensamientos. Hay algo de invento en la nostalgia, como si lo que se recordara fuera mejor y las historias se desvanecieran o se grabaran a fuego. Con su respaldo, cerramos los ojos y creamos mundos imaginarios de esos hechos pasados, inventamos sobre nuestro nacimiento, evocamos nuestra infancia tiñéndola de colores y sentimos ternura de nosotros mismos. Al final de cuentas la desinencia de la palabra viene del griego y significa “regreso” y “dolor”. A veces duele regresar pero quizá alguna vez nos espere alguien con los brazos abiertos. Beber la nostalgia sin emborracharnos de ella es aceptarla amigablemente y aceptar la suerte que nos brinda. Porque sólo podemos ser cuando reconocimos lo que fuimos.

Y los dejo con un tráiler de esta película tan importante en mi nostalgia como “Los cuatrocientos golpes” del enorme Truffaut.

 

 



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